En la era digital, la delgada línea entre la la guerra tradicional y la ciberguerra se va desdibujando ante nuestros ojos. A finales de febrero de 2026, la intervención estadounidense-israelí que derrocó el régimen ayatola iraní y eliminó al «líder supremo» Alí Jamenei, ha redefinido el concepto del espionaje para recopilar información. Lejos de ser un acto de guerra improvisado al hilo de la actualidad, la maniobra —bautizada por varios medios «el mayor ciberataque de la historia»— remató una operación de contrainteligencia de años, con Teherán convertido en el parque virtual de los servicios secretos de Israel.
La toma de Teherán: una invasión digital clandestina
El mundo supo de un ataque Israel-EEUU contra Irán el 28 de febrero, pero la verdadera invasión de Irán fue clandestina y tuvo lugar años antes del lanzamiento de la primera bomba. Según el Financial Times, información confirmada por varios medios internacionales, las agencias de inteligencia israelíes —el Mossad y la Unidad 8200 de inteligencia militar— ejecutaron con precisión un ciberataque espectacular: la infiltración o hackeo de prácticamente todas las cámaras de tráfico de Teherán.
La creatividad de la intervención —que recuerda al hackeo de los buscas de Hezbolá de 2024— fue su astuto concepto de vigilancia interactiva. Al infiltrar la extensa red de cámaras del régimen de los ayatolas —sistema usado para monitorizar y reprimir a la población iraní—, Israel reutilizó la propia red tecnológica del régimen para preparar el terreno del gran asalto de febrero de 2026. Durante años sus agentes cifraron las transmisiones de alta resolución de miles de intersecciones, que transmitieron al cuartel general del Mossad en Tel Aviv. Esto proporcionó un gran angular de Teherán en tiempo real, permitiendo a los agentes israelíes monitorear las zonas más seguras de la ciudad sin siquiera tener que entrar en Irán.
Cómo preparó Israel en Irán el mayor ciberataque de la historia
El volumen de datos recopilados es lo que eleva la operación de Israel contra Irán a la categoría de «mayor hackeo de la historia». Las cámaras secuestradas aportaban millones de datos visuales y logísticos, que era imprescindible examinar y documentar, porque esa ingente cantidad de imágenes sin contexto hubiera resultado inútil. Los servicios de inteligencia israelíes usaron algoritmos de última generación para analizar estos datos, centrándose en el aparato de seguridad que rodeaba a Ali Jamenei, el jefe del régimen de los clérigos islamistas.
Una de las cámaras, situada en la calle Pasteur, cerca del recinto superprotegido del «Líder Supremo», estaba en un ángulo desde el que proporcionaba una información valiosísima. Captó las rutinas diarias de los guardaespaldas y los conductores del Gran Ayatola, incluyendo los sitios donde aparcaban sus coches privados.
Esto sirvió a los analistas israelíes para crear perfiles digitales completos de cada miembro del equipo de seguridad. Mapearon los domicilios, los cambios de turno, los trayectos preferidos para conducir y hasta las relaciones personales. Según la información disponible, los espías israelíes alardeaban sobre el tema con esta frase: «Nos conocíamos Teherán mejor que Jerusalén». Al saber perfectamente cuáles eran las rutinas diarias los escoltas, pudieron deducir la ubicación y los movimientos del jefe al que protegían.
La intrusión táctica: Bloqueo de la cadena de mando
El día del ataque, el flanco cibernético de la misión pasó de la vigilancia pasiva a la acción. Cuando Jamenei llegó a una reunión de alto nivel el 28 de febrero por la mañana, los dispositivos electrónicos israelíes interceptaron una docena de torres de telefonía móvil en torno a la calle Pasteur.
Fue un ataque de denegación de servicio de alto nivel, adaptado a la naturaleza analógica de la seguridad. No solo interfirió las señales, sino que hizo que las líneas telefónicas parecieran estar ocupadas. Cuando los especialistas en seguridad y los expertos políticos intentaron llamar al equipo del Líder Supremo para advertir del ataque aéreo inminente, a todos les salía una señal de «comunicando». El ciberataque dejó al núcleo íntimo del líder totalmente aislado y con los móviles bloqueados en los momentos previos al bombardeo del 28 de febrero, cuando Israel y Estados Unidos atacaron el recinto fortificado con misiles de crucero de largo alcance, artillería aérea de precisión láser/GPS y drones de combate.
Una operación Israel-EEUU de inteligencia multicapa
La infiltración de las cámaras de vigilancia fue solo una vertiente de un formidable entramado multicapa de información y tecnología. De hecho, la operación se basó en la conjunción de la ingeniería de interceptación de señales (SIGINT) de la Unidad 8200 israelí, la inteligencia humana presencial (HUMINT) de la CIA estadounidense y datos de fuentes abiertas. El nombre que dio Estados Unidos al ataque contra Irán es «Furia Épica.» Israel, por su parte, lo bautizó «León Rugiente.»
Esta convergencia de inteligencia permitió a Estados Unidos e Israel identificar una reunión que incluía no solo a Jamenei, sino también a altos comandantes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) e incluso al expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad. El plan militar original estaba previsto, según se informa, para la noche del 27 de febrero, pero se retrasó porque los sistemas de cibervigilancia indicaron que al día siguiente se iba a reunir un grupo de líderes más destacados.
Por qué se considera el mayor ciberataque de la historia
Calificar esta operación como «el mayor ciberataque de la historia» no es una exageración mediática sobre la magnitud de la intrusión, sino una valoración realista de su repercusión histórica. Esta operación se alza ya como el referente definitivo de la convergencia en el siglo XXI de la ciberguerra, la inteligencia artificial y la fuerza militar tradicional. Al usar como arma ofensiva la misma infraestructura que Irán instaló para controlar y perseguir a su pueblo, Israel ejecutó un ciberataque de precisión basado en una arquitectura de reconocimiento digital que dejó a los líderes del régimen ayatola sin escapatoria.
En los días posteriores a los ataques, Israel se aseguró de paralizar la capacidad de Irán para tomar represalias cibernéticas. Las fuerzas militares de Israel confirmaron un «ataque a gran escala» en el extremo oriental de Teherán, que destruyó la sede del comando de guerra cibernética y electrónica del CGRI. Al bombardear físicamente la sede de guerra cibernética, Israel completó una operación de amplio espectro: usó tecnología digital para preparar un ataque físico y, posteriormente, empleó un ataque presencial tradicional para eliminar el potencial cibernético del enemigo.
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